A propósito de la reciente jornada electoral les dejo esta pequeña crónica de lo que me tocó vivir hace cuatro años, el día de las elecciones presidenciales, o sea el día del más grande fraude... Aunque siendo honestos, todos los días de elecciones son días de grandes fraudes, por lo visto.
Aunque no voy a hablar precisamente de una experiencia estética, la siguiente ha sido una experiencia que me dejó con esa sensación de impotencia, ese enajenamiento ante los acontecimientos y esa mezcla de sentimientos y emociones a los que no sé todavía cómo nombrar; diría más bien que se trata de una experiencia patética. Lo interesante es que no soy la única persona que experimentó esa especie de experiencia, estoy segura de que han sido muchísimas, quizá cientos de miles de personas además de mí y todas ellas al mismo tiempo. En este momento sigo bastante impactada, con esa sensación de mariposas revoloteando en algún lugar entre mi estómago y mis sesos semi-fundidos.
Claro, estoy hablando del proceso electoral que hemos presenciado y en el que muchos de nosotros hemos participado el pasado dos de Julio. La política es un tema del que suelo hablar poco ya sea porque siempre acaba generando conflictos entre mis amigos más entrañables (en el caso de mi familia no ocurren conflictos pues todos tenemos un punto de vista muy similar al respecto), porque la situación política del país “ha sido la misma por siglos”, porque “ya todos sabemos que México es y será siempre corrupto” y porque a esta juventud actual (léase “jumentud”) no le interesa en lo más mínimo ya que está convencida de todo lo anterior y cree que no se puede hacer nada al respecto (o más bien le cuesta trabajo entrar en el papel de “el futuro de México” y tiene una inmensa pereza de empezar a hacer algo para cambiar lo anteriormente mencionado).
Es muy posible que mi conmoción, por llamarle de algún modo, se deba a que es la primera vez en mi vida en que soy participe de una de las decisiones más significativas no sólo para mí sino para toda una nación; esto sumado a que, por razones que aún no comprendo del todo, formé parte de los representantes de casilla de cierto partido... no, no se trató de una decisión del todo inconsciente, lo hice por que me lo propusieron, porque decir que no habría significado negarme a un “deber ciudadano” y sobre todo porque de ese modo observaría más cerca que la mayoría de la gente la forma en que se llevaban a cabo unas elecciones que solo ocurren cada seis años. Mi latente espíritu político despertaba de su aletargamiento de casi dos décadas, pero volvió a un estado de hibernación después de un rato de estar sentada haciendo casi nada desde las siete y media de la mañana de este dos de Julio.
El proceso de observación no fue nada emocionante, todo transcurrió con mucha tranquilidad a pesar de que la casilla electoral en la que estuve se localizaba en una colonia popular en donde era mucho más posible que ocurrieran disturbios o incidentes fraudulentos como acarreos, sobornos, etc. Por momentos el aburrimiento parecía convertirse en desesperación con el paso de las horas y hubiera estado a punto de levantarme y gritar -¿saben qué? ¡yo no tenía la más mínima intención de involucrarme en el proceso electoral más que con mi voto y de ahí me vale el partido, yo no estoy ni en pro ni en contra, sólo apoyo al candidato a presidente; lo único que quiero es largarme de aquí!- si no fuera por que soy muy cobarde para hacer eso pero sobre todo porque mi mamá era la segunda representante del partido en la casilla (y a ella sí que le importaba) y de haber explotado de ese modo... no me quiero imaginar las consecuencias.
Para terminar aquel día, al llegar a mi casa pasadas la once de la noche, lo primero que hice fue encender la televisión con el propósito de escuchar alguna noticia sobre los resultados de un conteo rápido. Vaya sorpresa recibí cuando en la pantalla apareció un funcionario del IFE anunciando que la diferencia entre los dos candidatos con más votos era mínima a tal grado que no podían declarar aún quién era el ganador.
¡¿Qué?! Yo había estado un día entero en una casilla contando voto por voto y la diferencia era más que obvia, de golpe se daba uno cuenta cuál candidato había triunfado, sin embargo esa era solamente una muestra, los resultados en cada una de las miles de casillas electorales variaron mucho –aunque la competencia se había reducido a dos candidatos de los cinco iniciales-. Pero, ¿cómo es posible que hubiera un virtual empate? Después de tanta campaña, del esfuerzo y el apoyo de tanta gente, de habernos dado cuenta de que lo que menos falta nos hace es otro presidente de derecha, y en este caso de extrema derecha.
Desde hace algún tiempo había perdido la esperanza en el sistema político mexicano, incluso bromeaba con frecuencia sobre la posibilidad de migrar a cualquier otro país si volvía a ganar la derecha (o quizá no era tanto una broma, sino un deseo reprimido y disfrazado de broma); pero la reciente campaña electoral, las propuestas de determinado candidato y la reacción de mucha más gente de lo ya acostumbrado en conjunto con el fenómeno que hace poco tiempo se empezó a suscitar en Sudamérica (la toma de poder de los candidatos de izquierda en países como Brasil, Argentina o Bolivia) me hicieron empezar a creer que ese cambio era también inminente en México, que la gente por fin había reaccionado.
Los resultados han tardado en salir, todo sigue en virtual empate y lo más patético del asunto es que la noche del dos de julio los dos candidatos más votados se declararon victoriosos (cada uno por su lado, por supuesto), tanto el candidato que prometía llevar a México a ese cambio que viene ocurriendo en los países del sur como el de ultra derecha con una ideología que de tan conservadora roza con lo retrogrado y cuya campaña no proponía nada sino que simplemente infundía el miedo a las ‘terribles consecuencias’ en caso de que ganara el candidato de izquierda, imaginando un escenario posible de más deudas y más crisis, como si este candidato de derecha tuviera la clave para solucionar los problemas de la nación (en realidad ninguno de los cinco candidatos la tenía, pero por lo menos no todos alardeaban de tenerla).
Lo indignante, por lo menos desde mi punto de vista, es que esa campaña del miedo –por cierto, sospechosamente similar a la de George Bush- dio resultados porque la gente de la clase media baja con poca conciencia política, poca información sobre cada candidato y una enorme ignorancia de la situación económica del país sí creyó la amenaza de que “perderían todos sus bienes si el candidato X llegaba al poder”; en cambio, la gente de las clases más humildes, aquellos que tienen poco de perder fueron los que más votaron por la opción de la izquierda ( eso lo sé porque la casilla en la que me toco ser representante se encontraba en una colonia popular, ya lo había mencionado antes, pero además porque al ponerme en contacto con otros representantes de casillas cercanas los resultados eran los mismos).
Ahora, mi indignación ante la ignorancia de las clases medias es lo que me ha hecho regresar a mi estado anterior de desconfianza en el sistema político del país; regreso a ese estado de no querer saber nada, puedo decir de nuevo con facilidad que no voy a decirle a nadie que las cosas marcharían mejor si la gente hubiera votado por tal o cual partido porque su propuesta de modelo económico era más realista o qué se yo. Esa indignación se ha convertido para mí en una enajenación provocada por la monotonía y la mediocridad a la que regresaremos... ¿regresaremos? Pero si nunca hemos salido de ella, por lo menos no durante el tiempo que llevo viviendo sobre este planeta. La situación política que ha resultado del reciente proceso electoral me ha provocado quedarme sin habla, sin saber que pensar, en medio de un sentimiento que me supera y al que no se como llamar.
Ahora sí he entendido a Sartre y su desconfianza en el ser humano, su aversión a la monotonía patológica de la humanidad, a esa apatía crónica que nos vuelve a veces tan inútiles, ese patetismo hipócrita y egoísta del que nadie se escapa, porque todos pensamos en nosotros mismos pero paradójicamente escogemos aquellas cosas que terminan perjudicándonos; y luego nos preguntamos por qué nos pasa todo lo malo a nosotros, la respuesta es simple: porque el ser humano es el único animal que se tropieza, no una ni dos, sino una infinidad de veces con la misma piedra.
Hace 11 meses

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