De la misma forma que el símbolo algebraico que representa una diferencia entre dos valores próximos a una magnitud, yo soy un delta.
Soy un delta, mas no soy la bifurcación de un solo río en varios brazos, sino que de dos ríos soy la confluencia. Dos torrentes riegan mis venas y arterias, convirtiéndome así en este complejo delta humano.
Un arroyo que no lleva agua, sino polvo ancestral transportado por siglos de historia a través del océano Atlántico, desde algún lugar ignoto perdido en las escarpadas costas del mar Mediterráneo, o incluso más al sur… Y al norte del continente Africano.
Ríos de arena arrastrados por el viento y por el tiempo, cuyos rasgos permanecen y recorren por intrincados caminos mi sistema coronario.
¡¡WADI RAMA!!
Una lejana voz femenina grita en medio del desierto, y no puede ser opacada ni siquiera por la tormenta de partículas que se arremolina a su alrededor intentando sepultarla. Es potente y grave como el rugido de una leona etíope. Acaso será la voz de la legendaria reina de Saba, musa portentosa, sagaz y seductora. O quizá una astuta odalisca incomprendida que narra fábulas noche tras noche con tal de mantener su cabeza erguida aún sobre sus hombros. Bien podría ser la terrenal mujer de belleza sublime que desencadenó la guerra entre los dos reinos más gloriosos de la Hélade, ella cuyo nombre es el de la hija de la Luna.
…
El otro río que me moja desde adentro y que irriga mi existencia, tampoco lleva agua; es en cambio, un sonoro y nostálgico arroyo tejido por delicados y misteriosos hilos plateados. Un torrente argénteo que fluye entre praderas y sauces, llanuras que desconozco.
Un río que trae voces melancólicas como tardes lluviosas, como el amargo sabor del mate, grave como un tambor en un decadente desfile candombero o como la voz de un viejo en un muelle, cantando algún tango olvidado que apenas se escucha, porque se confunde con el aguacero y la estática de radio vieja que tienen los recuerdos de cosas que nunca se han visto en realidad, que sólo han sido contadas como leyendas o mitos.
Pradal de plata… el cuento de un tal Plada sentado esperando –nadie sabe a qué- en la pradera a las orillas del Plata. Río de la Plata por el que espero navegar algún día, espero no muy tarde para no tener que pagar a un barquero encapotado esas dos monedas de plata…
Que mi río de hilos de plata no se convierta en el Estigia antes que pueda llegar siquiera a verte la cara, viejo charrúa, y que no sea Caronte quien me lleve a conocerte…

0 regresiones:
Publicar un comentario en la entrada